Nobles en tiempos revueltos

Los herederos de la aristocracia en el siglo XXI viven alejados de sus señoríos y están vinculados a profesiones diversas.

La voz del conde de Albatera suena afable desde su casa de Córdoba. La cordial familiaridad con la que descuelga el teléfono fijo para responder a la inesperada llamada del periodista desmonta en un minuto todos los tópicos que uno puede haberse formado sobre la aristocracia. «Mucha gente que me conoce no sabe ni que tengo el título. Para mí es una cosa romántica que acepté por tradición, pero a veces puede ser un lastre», confiesa Juan José de Arróspide y la Colina, jubilado hace años en Endesa y ahora convertido en un lector empedernido. La suya es una de las más de cien distinciones nobiliarias ancladas a dominios valencianos que han ido transmitiéndose entre generaciones durante siglos por el empeño de sus titulares en conservar el ilustre linaje familiar.

Sus residencias no son palacios, no disfrutan de prebendas y no quieren que les hablen de usted. Ser noble en 2021 no es sinónimo de una existencia plagada de lujos y exenta de trabajo. Viven alejados de sus señoríos y muchos lo hacen discretamente, al margen de su rancio abolengo, aunque los apellidos les delatan.

«Casi es mejor no ir diciendo por ahí que eres barón. La gente lo malinterpreta y se cree que te dan el puesto por la cara». El que habla es Alfonso Carlos Gordón y Sanchiz, que ostenta con orgullo uno de los títulos más antiguos de la Corona de Aragón: la baronía de Borriol, creada por Jaume I en 1254 para premiar a Ximén Pérez de Arenós, capitán general del Reino de Valencia, por sus papel en la conquista. Lo que más valora el empresario madrileño de la distinción es que le permite conectar con su historia familiar, aunque asegura que también le ha traído problemas en el mundo laboral. «Hay mucha envidia. Te dicen que es algo desfasado, pero a todo el mundo le encanta presumir de tener un amigo conde», remata.

«Quien no te conoce cree que si ostentas un título nobiliario eres idiota, cursi, carcamal o un estirado, por eso muchos lo ocultan», ahonda Martín de Oleza , abogado experto en derecho nobiliario y barón de Alcalalí, que atribuye los prejuicios al desconocimiento. «Hay quien todavía pregunta cuánto se cobra, cuando ser noble no implica ninguna ventaja práctica, privilegio o beneficio social. Los hay con fortuna personal, pero la inmensa mayoría trabaja con esfuerzo para salir adelante y no alardea ni hace bandera de ello», desgrana De Oleza.

Tener derecho al reconocimiento honorífico no te libra de pagar un impuesto especial de coste nada desdeñable si se quiere perpetuar el linaje histórico para evitar que el título caduque. Pese a ello, los litigios entre familiares son frecuentes y solo en 2020 se expidieron en nombre del rey cuatro cartas de sucesión de distinciones que han recaído en mujeres: María Pérez Herrasti y Urquijo, María de la Soledad Simitria López Becerra de Solé y de Casanova y Eugenia Garrigues Guzmán son las nuevas marquesas de Albaida, Elx y Castellfort , respectivamente, y Dulce Núñez-Robles y Patiño ha asumido la baronía de Alcàsser.

Quince títulos valencianos tienen la consideración de grandezas de España, el máximo escalafón en la jerarquía nobiliaria. Es el caso de ducados como los de Valencia o Gandia, ambos con titulares de menos de 50 años que garantizan su continuidad. El barón de Atzeneta, Pablo Tamarit, tiene 25. La duquesa de Valencia es la extremeña Abigail Narváez (descendiente del político y militar Ramón Narváez), campeona de España de esgrima y pintora figurativa, mientras que Ángela María de Ulloa es la XX duquesa de Gandia. Otra «grande de España» es la marquesa de Malferit, Marta Garrigues Mercader, también marquesa de la Vega de Valencia y baronesa Montitxelvo. Algunos nobles tienen un papel relevante en la sociedad valenciana, como el marqués del Túria, Tómas Trenor, que preside la asociación provincial contra el cáncer y es patrono del IVO, o el marqués de Cáceres, el empresario vinícola Juan Noguera. Otros, como el marqués de Dos Aguas, Pascual de Rojas, prefieren el anonimato.

El futuro incierto

José Miguel Borja, barón de Zafra, tuvo que dejar de lado su gran vocación por el cine y montó en Gandia una cadena de ópticas. Su inquietud por contar historias la ha volcado en la publicación de decenas de novelas y ensayos. Desde su finca de Palma de Gandia, que a sus 76 años define como «un convento con piscina», Borja reconoce ser un noble atípico por su carácter ácrata, que contrasta en un ámbito mayoritariamente conservador. El título de barón es para él «como tener una antigüedad en casa», un objeto querido que conserva a modo de reliquia familiar pero que no suele usar. «No me siento perteneciente a un club especial», remata. ¿Sigue siendo válida la expresión «nobleza obliga»? Para Carlos Gordón, el título conlleva un compromiso personal con el que hay que estar a la altura. El empresario, apasionado de la fotografía, acostumbra a pisar suelo valenciano por negocios y tiene asegurada su sucesión en la figura de su hijo. El que de momento aún no ha hablado del tema con su primogénito es De Arróspide, que no sabe si éste querrá tomar el relevo. «Si las cosas continúan así, cualquier día los títulos pueden desaparecer», sostiene el conde de Albatera, que recuerda con cariño su única visita a la localidad alicantina para ser nombrado Hermano Mayor honorífico. Gordón también augura un negro futuro. «Parecen empeñados en que nos avergoncemos de nuestra historia», sentencia.

Nota de Sergio Gómez

Valencia / 15-08-21 / 04:00

El Levante